[RELATO] Enebros – Lucybell Haner

ellaDecían que no existía un corazón más oscuro en todo el país, y aunque fue poco el tiempo que tardaron los seres malignos en apoderarse de su alma, nadie esperaba que la comandante a la que planeaban destituir de su cargo aniquilara al presidente de la noche a la mañana. Sin ejército, sin levantar sospechas: un día el palacio amaneció de color negro azabache mientras los cuerpos del presidente y sus guardias se descomponían a gran velocidad, dejando un olor fétido que se apoderaba de toda la zona.

Quienes la temían huyeron y se unieron a la resistencia. Quienes la temían aún más le ofrecieron sus servicios a cambio de su vida y juraron lealtad por segunda vez en su vida, en esta ocasión no a una bandera sino a la comandante de ropas negras y labios de color carbón.

Las criaturas salieron de sus escondrijos, cada alcantarilla era una puerta abierta hacia el apetitoso mundo de los humanos. También lo hicieron las brujas contemporáneas, convirtiéndose en la salvación de aquellos seres que les habían dado la espalda hacía tanto tiempo. Entregaron amuletos, hicieron círculos de protección, lucharon contra las hambrientas criaturas del caos… Y aun así, muchas personas murieron atrapadas por aquellos seres, cubiertas por una baba negra densa y fétida, algunos de esos monstruos se introducían en sus cuerpos para devorarlos por dentro, otras preferían absorber desde sus orificios y extraer los órganos.

Las proximidades del palacio se tornaban de color negro como si unos tentáculos ondeasen e invadiesen la ciudad, y no cesó de teñir de oscuridad todo cuanto alcanzaba hasta que los rastros de sal que las brujas habían dejado la detuvieron. En los jardines sólo las plantas venenosas sobrevivieron, mientras las demás morían o comenzaban a segregar mucosidades oscuras. Los únicos colores perceptibles eran las flores blancas de la cicuta y las floraciones rosas de las adelfas, las hojas verdes de los enebros y los ojos marrones del único jardinero que no había huido ante los ataques de los seres extraños.

Decían de él que sólo tenía ojos para sus flores y de ella decían que no había corazón más oscuro, que cuando tocaba los cuarzos los ennegrecía, y así, corrompida por las criaturas que devoraban su alma, dormía todas las noches soñando con pesadillas en las que los monstruos de negro mordían su cuerpo aún con vida y engullían cada pedazo con prisas por carcomer el siguiente.

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Cuando las raíces negras dejaron de avanzar por la resistencia de las brujas, la comandante mandó a sacar a los tanques a aquellos que le prestaban servicio, soldados o ciudadanos, y mientras daba órdenes de cargar contra todo aquello que poseyera vida y alma, un líquido denso y oscuro salía de su boca en forma de baba y vómito. Quien no obedecía era consumido y se convertía en una criatura más, quien lo hacía… tan sólo tardaba más en ser corrompido.

Pero el jardinero sólo tenía ojos para sus niñas, así que cogió las flores más bonitas, tanto las tóxicas como las pobres inocentes que aún quedaban con vida, manchadas por la oscuridad, y formó un racimo. Aunque portaba las flores más ponzoñosas del jardín, sólo era un hombre sencillo, de barba densa y ligeramente larga adornada con una humilde sonrisa. No era nada ante una comandante de ropas militares oscuras y piel pálida como la luna, y aun así se presentó ante ella, se arrodilló y entregó sus flores, aquellas que calmarían sus sueños, aquellas que devolverían la luz a su alma.

Ella4Pero los sueños no cesaron y los vómitos negros continuaron. El jardinero llevaba todas las semanas un racimo de flores a su comandante y a la bestia que portaba dentro. Probó todas las combinaciones, y aunque las aceptaba, sólo consiguió sacarle sonrisas que no mostraban los dientes. Sonrisas sencillas y una mirada negra que se perdía en el infinito.

Una noche sólo llevó una margarita de color blanco que goteaba aquel petróleo por donde el jardinero la había cortado y segregaba gotitas en algunos de sus pétalos. Ante su comandante se arrodilló y se la entregó. Con voz dulce y calmada le enseñó por qué en cada margarita hay cientos de flores independientes, y que allí donde le daba una, realmente había un racimo de un solo tallo y color.

Dándole los guardias por muerto, la comandante le respondió. Le dio un beso pegajoso que realmente sabía a dos, al huésped que la corrompía, y a la mujer imponente que él veía. Su gran amor.

Pasaron las semanas y aunque las brujas retrocedían y los tanques aniquilaban, un país entero no se callaría ante la ofensiva de aquellos extraños. Se reorganizaron y contraatacaron tras nombrar un nuevo presidente. Cada bala regresaba y algunos soldados desertaban, se iban a las otras trincheras, regresaban junto a la bandera que amaban. Sólo permanecían aquellos a quienes el miedo o la corrupción de sus almas les vencía… y aquel jardinero que sólo tenía ojos para sus coloridas niñas.

Semana tras semana le llevaba flores para calmar sus sueños mientras los humanos avanzaban. Los cañones derribaban los muros negros del palacio y las criaturas respondían acorralando soldados y comiendo sus órganos, despacio. La comandante estaba preparada para el final de su dominio, en lo más alto del edificio, su jardinero le traía una infusión de enebros y adelfas y, en otro vaso, un té decorado con jacintos.

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Le besó. Le besó antes de saber si seguía vivo su ejército, le besó antes de esperar mientras el palacio temblaba por los cañonazos, mientras los gritos de dolor y súplica invadían las calles de su alrededor. Cuando descubrió el triunfo bebió de los jacintos hasta hacerlos negros, y le besó. Le besó antes de que tirara a la basura la infusión de los enebros y siguieran pasando las semanas con racimos de flores y horribles sueños.

Pero, aunque las criaturas consumieron la sangre de los rebeldes, un país entero no iba a callarse, y enviaron más tropas a rodear el palacio y perros bomba a que destrozaran cada tanque. Sus sueños no cesaban, todas las noches era devorada, aunque cada día le protegiesen los ramos de flores. No temía a los humanos, no los temió ni cuando estaban a punto de hacerla pedazos, ella sólo temía a aquello que la convertía en un ser de destrucción masiva.

Volvieron a la carga, esta vez con más gente y con más tanques, los pocos que rescataban de los combates y los que las provincias vecinas les entregaban.

La comandante dio órdenes de defensa, aún sabiendo que los corrompidos caerían y los sanos se rendirían, pues también dio órdenes de cavar en los jardines un agujero y un cúmulo de tierra que de trinchera le sirviera.

Al amanecer los alrededores del palacio habían caído, los tanques bombardeaban los muros que les separaban de su objetivo, y la comandante bajó al jardín donde le esperaba un racimo de cicutas, adelfas y enebros, y un agujero rectangular rodeado de tierra y piedras junto a su jardinero.

Le besó, satisfecha con su trabajo. Le besó hasta hacer que sus ojos se volviesen negros, y mientas los tentáculos de color azabache coloreaban la cara del jardinero, la comandante se dejó caer a su agujero, arrastrando con ella a quien la había amado, a quien le había traído enebros.

La tierra que rodeaba la tumba cubrió sus cuerpos, moviéndose como si tuviese vida, arrastrándolos al infierno. Cuando los tanques entraron en el palacio e invadieron los jardines, cuando los soldados rescataron a los vivos y asesinaron a los corrompidos, destaparon el agujero. No encontraron más que un cuerpo, el esqueleto de un hombre rodeado de un líquido negro.

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